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Circuito del Annapurna desde Katmandú

Circuito del Annapurna desde Katmandú

Katmandú

Distancia

500 Km

Duración

11 días

Desnivel +

15000 m

Dificultad

Muy alta

Tipo bicicleta

Nepal lo tiene todo, al menos todo lo que yo llevaba años buscando en un viaje cicloturista. Es cierto que Europa tiene montañas preciosas, aunque no tan altas, pero en occidente se han perdido casi todas las tradiciones, y se han transformado casi todos los espacios, y a 4000 metros en los Alpes te encuentras por ejemplo en Aiguille-du-midi un teleférico y un bar. En Nepal a 4000 metros te encuentras un monasterio budista, un pastor sonriente y la naturaleza virgen. Existen las infraestructuras mínimas para que los senderistas se puedan alojar. Y las personas siguen mantiendo su cultura y sus tradiciones, a pesar de la llegada de la tecnología. No puedo explicar ya no sólo lo que sentí cuando llegué a Thorang La, sino cuando llegué al valle de Manang a 3500m, de paisaje tibetano, totalmente desértico, lleno de estupas y monasterios y ruedas budistas, y habitado por pastores.

El circuito del Annapurna en bicicleta es una de las rutas más bellas y desafiantes que se puede realizar como ciclista en nuestro planeta, por la altura, las condiciones climáticas, la pendiente y el terreno. Pero todo compensa, por esas montañas, esos paisajes, y por supuesto, por su cálida y honrada gente. Además es una manera única de pasar el paso senderista más alto del mundo, Thorang La, a 5416 m de altitud. Existen algunas carreteras más altas, pero no pasos senderistas.

Casi todo el mundo comienza el circuito en Pokhara o Besisahar, yo empecé y recomiendo comenzar en Katmandú, eso te hará tener unos tres cuatro días por una Nepal distinta, rural, sin ningún turista, llena de campesinos y personas sonrientes y amables, con algunas motos y muy pocos todoterrenos. No verás coches en la mayoria de los caminos porque no es posible pasar con un coche. No encontrarás nada para turistas, así que tendrás que buscar alojamiento en las pequeñas ciudades que se pasan. Así el viaje tiene dos partes bien distintas, incluso en cuánto a religión, pues los primeros días estarás y encontrarás templos y personas hinduístas.

Más abajo expongo día a día la ruta que seguí y que aconsejo casi en su totalidad, aunque evidentemente se pueden acortar o alargar las etapas, editando cada día con el planificador de lovelo. Mencionar que recibí ayuda durante la planificación de mi viaje de placesnepal.com, y los recomiendo encarecidamente a quienes deseen realizar este circuito con guía, así como otros circuitos o trekking en Nepal, donde, según la nueva ley, es ya obligatorio.

Pero antes, el vídeo resumen del viaje:

Puntos a favor / en contra

  • Montañas más altas y bellas del mundo
  • Naturaleza extrema
  • Casas de huéspedes en todo el recorrido
  • Casas de té en todo el recorrido
  • Posibilidad de porter
  • Posibilidad de traslados en jeep
  • Contacto con senderista
  • Ruta cultural, ruedas y monasterios budistas
  • Rampas muy duras por la pista forestal
  • Bastantes horas empujando la bici el último día
  • Posibile mal de altura
  • Riesgo de avalanchas u otros desastres naturales
  • Frío extremo

Recorrido, descripción y fotos

Día 1: Katmandu - Bidur

El primer día, tras haber viajado el día anterior, me desperté en Thamel, el animado barrio del centro de Katmandú donde se alojan la mayoría de los turistas y se encuentran los bares para ellos y tiendas de ropa y diversos artículos.

Había quedado temprano con Namaraj, guía turístico que me ayudó a preparar mi viaje desde España. Tras conocernos y hablar sobre la ruta se ofreció a llevarme en moto a la oficina de turismo para sacar el permiso para el circuito del Annapurna, pero yo preferí ir andando para conocer el casco histórico, el cuál es maravilloso.

Tras cruzar la plaza Durbar llegué a la oficina de turismo donde saqué los permisos y pagué las tasas. Esta oficina está aquí.

Volví a mi hotel, preparé la bicicleta y empecé mi ruta sobre las 12am. Atravesar Katmandú no fue demasiado tiempo, pero si algo complicado por las obras y el tráfico.

Tras dejar atrás el tráfico de esta caótica ciudad, comencé a subir un puerto de montaña suave, desde donde me iba despidiendo de la capital de Nepal.

La subida fue larga, al principio asfaltada y luego de tierra compacta,  y tras veinticinco kilómetros llegué hasta Kakani, donde había una escuela grande a donde cada día peregrinan todos los niños de las aldeas cercanas y no tan cercanas.

Luego comencé una bajada bastante empinada por un camino muy arenoso, cruzándome con pequeñas aldeas en un entorno rural lleno de cabras y otros animales y con casas con lo mínimo para vivir.

Me encontraba a muchos niños solos por los caminos, jugando o simplemente volviendo de la escuela.

Ya llegando a la zona baja comencé a atravesar pueblos con muchos más niños, pueblos que viven de sus arrozales, lugares perdidos por donde pocos turistas han pasado. Sin duda, fue la mejor parte del día y una de las mejores de mi viaje.

Poco antes de llegar a la ciudad de Bidur me incorporé a una carretera asfaltada y volví a ver coches y bastante gente, había vuelto a la civilización después de un primer día maravilloso.

Cené un arroz riquísimo y baratísimo, como serían casi todas mis próximas cenas, y charlé con nepalís que me contaban como vivían allí. Esto también se repetiría muchas noches. Viajar solo, y que la gente sea tan amable y curiosa me hizo estar casi siempre acompañado.

Día 2: Bidur - Tripureswor

Salí de Bidur, ciudad de carretera con poco atractivo y tras unos 5Km por carretera llegué a Trishuli, que sin ser espectacular, al ser una colina bañada por un río, me pareció más bonita que Bidur. Desde luego nada comparable a las monumentales y cuidadas ciudades que tenemos en España y en algunas partes de Europa.

Luego comencé a subir lentamente por carretera unos tres kilómetros y luego por un camino de tierra seguí subiendo este puerto de montaña que me llevaría hasta Samari. Tomé un té con una familia que no paraban de preguntarme cosas a través del único chico joven que hablaba inglés, mientras tres de ellos araban la tierra como aquí se hacía antiguamente.

Seguía subiendo entre campos de arrozales enormes que estaban siendo trabajados. Me pararon numerosas veces de nuevos para preguntarme muchas cosas, entre las que se repetían, de dónde era, qué hacía allí, si me gustaba Nepal y cuánto costaba mi bicicleta. Muchos me decían que no pasaban turistas por allí, por eso les extrañaba tanto.

Los últimos kilómetros antes de llegar a Samari fueron bastante duros, con una pendiente media por encima del 10%, por lo que Samari, arriba del todo era parada necesaria para alimentarme y volver a disfrutar tanto charlando con nepalís, en este caso niños.

Quién me atendió en la tienda donde compré no superaba los diez años.

Después de una larga subida tocaba la correspondiente larga bajada, y nada más llegar abajo, de nuevo una subida larga y con partes duras. Seguía disfrutando de paisajes rurales, totalmente aislados, y aunque los campos de arroz no estaban en su mejor época, a veces encontraba algunos en esplendor.

Arriba encontré el primer templo Budista que ví, hasta ahora casi todos los templos que había pasado eran de religion hinduísta. Nuevamente la bajada fue por una pista muy arenosa. Realmente tuve suerte, las bajadas eran muy arenosas, lo que hubiera sido imposible subir en sentido inverso, sin embargo las subidas solían ser pistas compactas, por lo que nunca tuve que poner pie a tierra ni empujar la bicicleta.

El día estaba siendo largo, no de kilómetros sino de horas, pero me encontraba bien. Pasé nuevamente por una zona de arrozales, ya cerca de mi alojamiento cerca de Tripureswor, la casa de Namaraj, el guía con quién me había encontrado dos días antes en Katmandú y quién me ayudó a preparar todo mi viaje. Él quiso recibirme en su casa, y  se hizo el viaje en moto, que aunque pocos kilómetros, serían muchísimas horas, creo que me dijo seis. Mi estancia allí fue conmovedora. Por su simpatía y su ayuda, por su familia tan auténtica, por la granja tan natural, y por estar allí en medio de la nada en su casa, reconstruída como pudieron tras el terremoto.

Su madre, que trabaja muchísimo como su padre, nos preparó un riquísimo Dal Bhat, el plato típico de Nepal. Es un arroz con lentejas, para mí picante, para ellos normal.

Para quién quiera vivir la experiencia de vivir por un día o unos días con esta familia típica nepalí puede escribir a Namaraj desde placesnepal.

Día 3: Tripureswor - Gorkha

Me levanté temprano para meditar con Namaraj. Me ofrecieron un riquísimo desayuno, y tras despedirnos, comencé mi día de cicloturismo en la otra parte del mundo.

Tras dos días principalmente por caminos de tierra, el tercer día tuvo bastante más tramos asfaltados, y zonas digamos un poco menos rurales. Tras pasar por un puente colgante tan típicos de Nepal, comencé atravesando la larga y rural localidad de Triupureswor.

Tras esta larguísima localidad seguí por una falso llano que descendía poco a poco hasta que llegué a una carretera, que apenas llevé unos metros y me desvié para subir a Salyantar. Aquí tuve que empujar algunos metros por las piedras, poca cosa, y mereció la pena porque pude ir por caminos rurales hasta la ciudad de Aarughat. La otra opción hubiera sido haber hecho todo ese trayecto por carretera.

Esta ciudad, tal como Bidur, también está bañada por un río con una fuerte corriente. Pero Aarughat está más cuidada, y me gustó su bazar, lleno de tiendas y gente. Puentes cruzan varias veces de un lado del río a otro.

Llevaba tan sólo unos 20 kilómetros y me quedaban unos 40 km más hasta Gorkha. Esta parte fue fundamentalmente de subida, me hizo mucho calor, y en gran parte fue por asfalto recalentado, por lo que no disfruté tanto. Lo mejor fue que pude ver de cerca y cruzarme con bastantes macacos por esta zona.

Tras varias paradas técnicas para hidratarme debido al calor, y tras un tramo bueno de carretera llegué a la antigua capital de Nepal. Gorkha, una ciudad monumental con mucha historia, muy bonita, nada que ver con lo que había atravesado hasta ahora.

En Gorkha dormí en casa de Birenda, un nepalí con cuenta en warmshowers, el único que encontré en mi viaje. Birenda me acogió con mucha generosidad. Pude meter mi bicicleta en su garage y subir mis bolsas a la habitación que me dejó para dormir en un segundo piso, de dos camas, más que suficiente para mí. Cené unos momos en su restaurante riquísimos y muy baratos (0.7€). Me ayudó con mi visita a Gorkha y mi camino y a pesar de que estaba muy ocupado tuvimos charlas muy interesantes

Día 4: Gorkha - Bhulbhule (pasado Besisahar)

Al levantarme subí hasta el palacio de Gorkha situado en la montaña superior de la ciudad. Este palacio hindú me conmovió, había varios hindúes rezando y realizando ofrenda a sus dioses, en un templo precioso cargado de historia. Por primera vez ví las impactantes montañas nevadas del Himalaya. Fue una sensación maravillosa, una mezcla entre asombro y miedo, pues yo tendría que subir allí, y a pesar de que parecía que yo estaba alto, esas montañas estaban altísimas.

Luego bajé visitando de paso parte de la ciudad, recogí mis bolsas y Birenda me invitó a un café y luego nos despedimos.

Para llegar de Gorkha a Chhepetar había una carretera, pero yo había visto que había que bajar para luego subir y tenía planeado bajar por un camino de tierra. Birenda me confirmó que estaba bien y era el mejor camino para la bicicleta de montaña. Esta bajada fue muy bonita, con bastante vegetación y huertos de familias aisladas.

Después de muchos kilómetros de bajada llegué a Chhepetar. Luego comencé a subir por una carretera, también de tierra por dónde si que pasaban algunos coches. También algún autobús, que increíblemente los venía viendo desde Katmandú. Y digo increíblemente porque los caminos son muy malos, pero son buses altos que van muy despacio, y se les escucha desde lejos pues tienen en vez de un pito una sintonía como de feria muy curiosa.

Seguí por ese camino viendo monos hasta un puerto y luego bajé hasta Palungtar, un pueblo más grande, con carretera asfaltada, desde donde me uniría al circuito del Annapurna. Pero Birenda me recomendó no unirme todavía aquí y seguir por una carretera paralela sin tráfico hasta Paundi. Eso hice, aunque este fue el peor tramo de mi día, pero no porque la carretera estuviese mal, sino porque hizo un calor tremendo. Llegué a Paundi totalmente acalorado y agotado por las temperaturas ... quién me iba a decir que en unos días estaría en el otro lado del termómetro. Tomé una cocacola en un bar con la cabeza metida en el ventilador y me dispuse a seguir.

Por carretera con mucho tráfico, tanto de locales como de Jeeps turísticos llegué hasta Besisahar, que es considerada ciudad de entrada al circuito del Annapurna. Es una ciudad relativamente grande teniendo en cuenta las localidades que suele haber por Nepal. Hay de todo y aquí antiguamente estaba la oficina de entrada al circuito, donde te pedían el permiso, pero me dijeron que la habían trasladado más arriba. A Besisahar llegan también, además de Jeeps, muchos buses turísticos desde Pokhara y Katmandú, ya que muchos senderistas comienzan el circuito aquí.

Tomé un té mientras comprobaba nuevamente la tranquilidad y la paz con la que viven los nepalís, al menos fuera de Katmandú. Por las mañanas trabajan y por las tardes charlan, juegan, ven pasar la tarde en familia, o simplemente pasean.

Continué la carretera pensando ya en ir buscando alojamiento, que no tenía claro cuál sería, pero no me preocupaba, pues ya en el circuito hay multitud de familias que ofrecen cama y comida, se denominan GuestHouses y están en todos los pueblecitos. Pocos kilómetros después de Besisahar llegué al nuevo checkpoint de entrada al circuito, donde me sellaron mi permiso.

En Bhulbhule tomé la pista de la derecha en vez de la carretera principal, esta pista tiene menos tráfico y muchos alojamientos. Yo me quedé en Peace Full GuestHouse y realmente me fue muy bien. Desde Bidur no había tenido ni ducha, ni váter ni agua caliente, por lo que fue todo un lujo. Negocié no pagar nada por quedarme si cenaba y desayuanaba alli. Era una familia grande, todos muy simpáticos, me hicieron sentir muy bien y coincidí con otros viajeros.

Es realmente curioso e increíble que en estas casas de huéspedes  te dan una carta como la de un restaurante, con un montón de platos. Eso sí, tienes que decirles un rato antes lo que querrás de cenar, porque a veces tienen incluso que ir a comprarlo, pero te lo preparan . La comida es muy barata, aunque más cara que fuera del circuito, y la cerveza cara, como en todo Nepal. 150 rupias equivale a 1€ (2024).

Estuve charlando con un checo un rato y luego dormí estupendamente, a esta altura de 1000m hacía una temperatura maravillosa.

Día 5: Bhulbhule [900m] - Danakyu [2200m]

Me levanté temprano, desayuné estupendamente con el típico pan nepalí y un café, me despedí del checo, de la familia y comencé mi primer día íntegro por el circuito del Annapurna.

Empecé con un día claro y soleado, recorriendo una pista estupenda, con poca pendiente, llena de niños que van a la escuela, adultos trabajando y, por supuesto, todos me saludan. En Nepal se sigue trabajando en comunidad, todos se ayudan y se benefician de este mutualismo. Por ejemplo aquí había muchísima gente despiezando un búfalo.

Tras recorrer algunos kilómetros, una pequeña bajada me llevó a una nueva perspectiva. Fue entonces cuando, por segunda vez, tuve frente a mí los imponentes Himalayas, esta vez mucho más cerca. Al verlos, el corazón se me encogió, abrumado por la magnitud y belleza de aquel paisaje que parecía inabarcable.

En pocos kilómetros, esta pista paralela a la principal cruza un puente, y ya solo queda la carretera principal. A partir de allí, comienzan las duras rampas que nos permiten ganar altitud, aunque también hay bastantes bajadas. Esto nos hace acumular mucho desnivel, pero la altitud no aumenta tan rápidamente. Aprovecho para recargar energías con plátanos locales, sabiendo bien lo que me espera.

Había leído que la subida se hacía insoportable debido a los muchos jeeps y el polvo. Incluso, poco antes de ir, una mujer belga me recomendó encarecidamente no hacer este viaje por ese motivo. No sé si es que a mí no me molestan tanto los jeeps, o si en marzo había muchísimos menos que en noviembre, cuando ella estuvo. Me adelantaba un jeep o algunas motos a cada rato, pero pasaba muchos minutos solo entre una cosa y otra. Para el polvo, me cubría al principio con una braga de cuello, pero luego vi que bastaba con cerrar los ojos unos segundos y mirar hacia abajo en lugar de hacerlo de frente.

Seguí avanzando, y tras pasar una central hidroeléctrica, llegué a una de las partes más duras de toda la subida: unas cuantas curvas de herradura con una pendiente sostenida cercana al veinte por ciento. Con el peso de la bici, se suben muy despacio, pero se suben.

Había leído que algunos ciclistas tenían que pararse en esta zona, pero creo que está asfaltada en parte desde hace poco. Realmente, cada vez hay más tramos asfaltados en esta carretera, lo que hará que cada año sea más fácil llegar hasta Manang, donde termina la carretera. Esta vía está permanentemente en obras, no solo por las mejoras que se le aplican, sino también debido a los desprendimientos que ocurren, sobre todo en la época del monzón.

Tras esta sección de duras curvas, la subida continúa fuerte, y poco después llegamos a Jagat, una población muy colorida. Diría que es la más bonita del circuito, al menos vista desde lejos.

En Jagat, como ya eran las doce y, como suelo levantarme a las seis, me tocaba comer, así que hice una parada. Este pueblecito, con varios restaurantes y alguna tienda, está a 1300 metros, por lo que seguimos estando en una zona de selva subtropical, con mucha vegetación y algunas cascadas… muy bonito.

El cañón del río Marsyangdi, que seguimos durante todo el trayecto, alcanza su punto más estrecho y dramático entre Jagat y Chamje. En este tramo, el río corre por un estrechísimo desfiladero, con las paredes rocosas a ambos lados acercándose notablemente, lo que crea una atmósfera impresionante de verticalidad. La sensación de encajonamiento es muy fuerte debido a la cercanía de las paredes montañosas, y el estrechamiento del cañón es tan marcado que el paisaje parece aún más selvático y agreste.

Nos vamos adentrándonos en el cañón sin abandonar las duras rampas, aunque por suerte, en un tramo asfaltado casi en su totalidad.

La belleza de esta parte del recorrido y la sensación de estar subiendo algo épico es maravillosa. A menudo me ponía en el lado izquierdo, pegado a las rocas, por la impresión que da la caída hacia la derecha. Aunque, en realidad, lo bueno es que en Nepal se circula por la izquierda, así que cuando venía algún coche, podía quedarme en la izquierda sin que fuera un acto suicida. Una vez pasado, se ve mejor:

Abriéndose ya el cañón un poco, llegamos al mirador de Tal. Esta localidad me parece sorprendente; no me podía creer que hubieran construido un pueblo allí abajo, donde el río corre tan ferozmente, entre esas paredes verticales de las montañas que lo rodean. La sensación que tuve fue que, si llegara una crecida, el pueblo podría verse arrastrado por la fuerza del río. Sin embargo, sabía que este pueblo, a pesar de parecer vulnerable, estaba perfectamente adaptado al entorno.

En contraste con la violencia del paisaje, me tomé un té negro tranquilamente, mientras observaba el pueblo al fondo del cañón, mucho más abajo que donde yo estaba. La calma de ese momento, sentado en ese mirador, parecía como una contradicción a la furia de la naturaleza que se desbordaba bajo mis pies. Un instante de serenidad en medio de la imponente fuerza del entorno.

Eran las dos de la tarde, y siempre tenía la intención de terminar sobre las cuatro, aunque algunas veces no lo cumplí. Para mí, era la hora perfecta para aprovechar las dos horas restantes de luz y descansar las piernas para el día siguiente. Así que pensé que desde Tal podría subir unos 10-15 kilómetros más, buscando alojamiento a partir de los diez kilómetros hasta encontrar uno adecuado. La tarde, como sucedería los siguientes días, se había nublado, y junto con el viento y la altitud, fue la primera vez que sentí algo de frío. Fue también la primera vez que tuve que ponerme algo encima del maillot corto, que había sido lo único que usé desde que salí de Katmandú en mis primeros y calurosos días.

Después del té, desafortunadamente tuve que bajar de nuevo, lo que implicaba luego recuperar el desnivel que había ganado subiendo la última parte del cañón. Aquí, además, desapareció el asfalto y el camino estaba lleno de piedras, por lo que fue una parte dura, también debido al esfuerzo acumulado durante el día.

Tras estas duras rampas llegué a Dharapani, donde como tantas veces me recibieron los niños. Justo en frente se veía un monasterio budista, supongo que por allí iba el camino de los senderistas, yo seguía de momento el camino de los coches, ya que el sendero está lleno de escalones y no es ciclable.

En esta localidad me tocaba sellar el permiso, en el segundo check point. La policía, como todos los nepalís, son personas tremendamente amable, que te intentan siempre ayudar. No sentí además, como en países como marruecos o república dominicana, que hubiese por parte de la policía intento de robar al turista mediante multas o leyes inventadas.

Comencé a buscar alojamiento, y tras pasar por la primera portada budista del camino y hacer girar sus ruedas en sentido de las agujas del reloj como manda la tradición, llegue a Danakyu, a 2200 metros.

Aquí encontré un alojamiento maravilloso, New Sunrise Hotel, llevado por una familia de cuatro miembros. Pasé frío por primera vez, eso sí, al ducharme, pero luego estuve muy a gusto en su chimenea, con la deliciosa cena que me preparon y también dormí muy bien.

Tanto el perfil como el desnivel que veáis por esta zona es erróneo. El Estrecho cañón hace que los GPS no funcionen allí y tomen puntos por encima de las montañas. El desnivel real de esta etapa fueron unos 2300m.

Día 6: Danakyu [2200m] - Manang [3550m]

Me desperté aquel viernes 15 de marzo con un objetivo claro: llegar hasta Manang, situado a 3500 metros de altitud. Este era el punto donde terminaba la pista para los jeeps y donde los viajeros comúnmente hacían una parada para aclimatarse a la altura. No sería una jornada sencilla. Me enfrentaba a 45 kilómetros de recorrido con un desnivel de 2000 metros. Además de la distancia y el desnivel, empezaría a sentir los efectos de la altitud y me preocupaban especialmente dos secciones del trayecto, que, según el perfil, parecían ser extremadamente duras.

El día amaneció despejado, con un sol suave y una temperatura fresca, perfecta para montar en bicicleta. Como ya era costumbre, el desayuno consistió en pan nepalí recién hecho y café, una combinación que me reconfortaba antes de empezar a pedalear.

La primera zona dura llegó nada más comenzar, con siete kilómetros de ascenso constante y desafiante. Algunos tramos alcanzaban una pendiente media del 11-12%, e incluso había rampas que se acercaban al 20%. Decidí afrontar esta parte del recorrido temprano, cuando mis piernas aún estaban frescas. Aunque me fue relativamente bien, la dureza del terreno hizo que me tomara más tiempo del esperado.

Cuando llevaba un kilómetro, ya había subido más de cien metros, y el camino se adentraba entre rocas, con cascadas que resonaban a mi alrededor y el suelo mojado, reflejando el brillo del sol. Danakyu parecía muy lejos ya.

Tras cinco kilómetros en completa sombra, primero entre rocas y luego atravesando densos bosques, finalmente salí al sol, llegando a la aldea de Timang.

La cercanía de las montañas nevadas me mantenía en un estado de asombro constante, casi sin reparar en las durísimas rampas que seguía subiendo. Como era temprano, apenas vi un coche ni senderistas, que seguramente seguían el sendero, disfrutando del fresco de la mañana.

Un par de curvas después, sin que cesaran las casitas desperdigadas de esta aldea, me encontré con una postal impresionante: el pico Manaslu, nevado y majestuoso, erguido frente a mí en un día claro y soleado. Con sus 8,163 metros, Manaslu es el octavo pico más alto del mundo y forma parte de la cordillera del Himalaya, un verdadero gigante que ha desafiado a montañeros de todo el mundo. Su nombre, que significa "montaña del espíritu", resuena con la reverencia que inspira en quienes la contemplan. Las cumbres cubiertas de hielo brillaban bajo el sol, creando un espectáculo visual que me hizo sentir pequeño ante la inmensidad de la naturaleza. Este momento, rodeado de tanta belleza, me recordaba la razón por la que estaba en este lugar: un viaje en busca de aventura y conexión con la naturelza más sublime.

Un par de kilómetros después había terminado esta primera zona dura y comencé a bajar y luego a ascender suavemente hacia Chame.

Este encantador pueblo, es un importante punto de parada para los senderistas. Con sus acogedoras casas de madera y un ambiente tranquilo, Chame ofrece una mezcla única de cultura local y vistas impresionantes de las montañas circundantes. Las imponentes cumbres del Annapurna y el Manaslu se alzan como telones de fondo, y el pequeño bullicio de los turistas en tiendas y restaurantes se complementa con la calma de la vida rural.

Aunque llevaba pocos kilómetros, había gastado mucha energía, así que en Chame me tomé un pan de manzana y un té negro con azúcar. Me costó tres euros y medio, aunque seguía siendo barato; los precios iban subiendo con la altitud, lo cual era lógico, pues cuanto más subía, más difícil era llevar hasta allí los ingredientes. Mientras saboreaba mi merienda, disfrutaba de la atmósfera tranquila de Chame, donde los viajeros se entremezclan con los lugareños en un entorno de cálida hospitalidad.

Desde Danakyu, todo era budista: no paraba de ver banderitas de oración ondeando al viento, ruedas de oración girando pacíficamente en los pueblos y algunas estupas esparcidas por el camino. Esa mezcla de naturaleza tan impresionante, con sus majestuosos picos y valles profundos, combinada con la cultura hacen de este lugar, una zona muy especial.

Antes y después de Chame, el camino fue relativamente fácil, lo que me brindó un merecido respiro antes de enfrentar la próxima parte dura del día: los cinco kilómetros previos a Pisang. Esta parte comienza con desfiladeros vertiginosos junto al río, donde el sendero se empina gradualmente, y luego se torna más desafiante al adentrarse en el bosque. Las curvas son tremendamente empinadas y con piedras, poniendo a prueba tanto la resistencia como la técnica.

En este tramo, el sendero se entrelaza con la ruta principal, y tuve la oportunidad de adelantar a bastantes senderistas, así como a sherpas que cargaban equipaje para los excursionistas.

Lo pasé mal en esta zona; me costaba mantener el pedaleo sin poner el pie en el suelo, avanzando a la velocidad mínima que podía soportar. Las rampas del 20% se alargaban a veces, y cuando finalmente encontraba tramos del 10% o del 12%, los sentía como un respiro. Si no hubiera llevado un piñón grande de 50 dientes, es probable que hubiese tenido que empujar la bicicleta en algunos momentos. Pero, como dice el dicho, "la vida siempre provee". Tras un par de curvas muy duras, llegó un descanso y se presentó ante mí otra de esas postales que hacen que cada esfuerzo valga la pena: un paisaje digno de ser inmortalizado, donde las montañas se elevan majestuosas contra el cielo azul.

Llegué a Pisang completamente derrotado físicamente, creo que en esta parte me había afectado también la altitud, estaba ya por encima de los 3000m. En Pisang había muchos restaurantes con terrazas superiores con vistas a los famosos Annapurnas. Como pega, por primera vez en mi viaje sentí que estaba en un sitio para los turistas, y aquí había bastantes. Creo que mucha gente empieza aquí o incluso un poco antes, en Chame, por eso de repente había tantos senderistas.

Me comí un plato de arroz al solecito y descansé, lo necesitaba. Llevaba 25 km y me quedaban 20 km, pero por suerte, la dureza ya había terminado; tendría que seguir subiendo, pero de manera muy gradual.

Unos cuantos kilómetros después de Pisang, tras una subida de un kilómetro y pico, se abrió ante mí el valle de Manang, un paisaje impresionante y casi mágico. Este valle, que parece sacado de otro mundo, es notablemente desértico, salvo en las laderas bajas donde la vegetación aún resiste. La nieve brillaba bajo el sol, y un viento helado comenzó a soplar, dándole al entorno un aire etéreo, casi lunar. Las montañas que lo rodean, con sus cumbres nevadas, se alzan majestuosas, recordándome la grandeza de la naturaleza y la soledad de este lugar remoto.

Atravesar este valle fue, en cuanto a sensaciones, uno de los mejores momentos de mi viaje. El paisaje, más desértico de lo que se veía a lo lejos, se desplegaba ante mí con una belleza austera y sobrecogedora. Pasé por varias aldeas repletas de ruedas de oración, que giraban suavemente al compás del viento. En las montañas, los monasterios y las aldeas se asomaban como vestigios de una cultura ancestral, y me daba la sensación de estar en el lugar más inóspito de la Tierra, casi como si hubiese cruzado la frontera hacia el Tíbet.

Los turistas habían quedado atrás, y en este rincón remoto no vi a nadie, salvo un niño que, al verme pasar, me pidió chocolate antes de desaparecer en su tienda. Era evidente que debían ser una familia nómada, viviendo en armonía con la tierra y sus tradiciones.

El día seguía empeorando, se había nublado, aumentaba el viento, que por suerte era a favor, y hacía más frío. Por suerte ya me quedaba poco. Aquí ví los primeros yaks salvajes, cruzando el río.

Sin dejar de alucinar en ningún momento, aliviado porque no me hubiera pillado la tormenta de nieve que poco después empezaría a caer llegué a Manang, a más de 3500m de altitud entrando por su bellísima puerta de piedra con sus ruedas tibetanas.

Busqué hotel, tomé la habitación más cara, que creo que eran cinco euros, porque tenía baño ... no me veía atravesando el patio nevando en la noche para ir al baño. Tuve una tarde agradable en este hotel, donde había más senderistas,  donde había calefacción en el café y chimenea en la cena. Aunque me gustaban más mis alojamientos anteriores, que prácticamente era estar y vivir con una familia nepalí. Aquí había bastantes trabajadores, unos diez.

El desnivel de esta etapa fue de unos 1800m, nuevamente los desfiladeros despistaron al GPS.

Día 7: Aclimatación. Subida al monasterio Praken Gompa [4000m]

En un viaje donde se alcanzarán los 5,416 metros de altitud, la aclimatación se convierte en un aspecto crucial del recorrido. Para los ciclistas, esta necesidad es aún más imperativa que para los senderistas, ya que se duerme cada día a mayor altitud que el anterior, lo que aumenta el riesgo de mal de altura.

Manang se presenta como el lugar ideal para aclimatarse; es el último pueblo con servicios y comodidades antes de adentrarse en la inmensidad de la montaña. Más arriba, la ausencia de tiendas y restaurantes es total, lo que hace de Manang un oasis de preparación. Además, ofrece la oportunidad de realizar numerosas rutas de senderismo que permiten ganar altitud durante el día, pero regresar a dormir a Manang, lo que permite monitorizar cómo nos sentimos y adaptarnos progresivamente a la altitud. Y además, en Manang pasarás frío pero no tiene nada que ver con lo que encontrarás más arriba. Como consejo, en Manang pasarás frío sólo en las habitaciones a la hora de dormir, y se puede solventar un poco poniendo a calentar piedras en la estufa  del comedor antes de acostarte y llevarte esas piedras dentro de una camiseta y meterlas en la cama contigo.

Hasta Manang yo diría que la mayoría de los viajeros deberían llegar sin problemas, sintiendo la falta de oxígeno, pero presumiblemente sin sufrir de mal de altura. Manang, con su altitud moderada y su ambiente acogedor, permite que los cuerpos se adapten antes de enfrentar los desafíos mayores de la montaña. La experiencia de aclimatación aquí es fundamental, y todos pueden disfrutar de la belleza que les rodea mientras se preparan para la próxima etapa del viaje.

Yo elegí hacer una subida caminando al monasterio Praken Gompa, elegí esta ruta porque no era demasiado exigente y porque me interesaba mucho visitar ese monasterio enclavado en aquella roca.

La mañana amaneció soleada como todas, y tras desayunar emprendí mi camino, esta vez sin mi bicicleta. Son 2.5Km de subida, con una pendiente media del 20%, por lo que subimos 500m de desnivel. Creo que en menos de dos horas ya estaba arriba, habiendo parado por el camino en un monasterio y una estupa.

El lugar es increíble. ¿Cómo han podido hacer un monasterio allí arriba?.

El pequeño monasterio de Praken Gompa es un testimonio impresionante de la dedicación y el sacrificio de los monjes budistas. La razón detrás de su existencia en este lugar remoto y elevado se puede atribuir a la búsqueda de la paz interior y la conexión con lo espiritual, lejos de las distracciones del mundo moderno.

Estos monjes suelen retirarse a lugares aislados como este para practicar la meditación y la contemplación. La vida en soledad les permite profundizar en su espiritualidad y desarrollar una comprensión más profunda de sí mismos y de su relación con el entorno. A menudo, llevan consigo reservas mínimas de comida y cultivan pequeños huertos, aprovechando al máximo los recursos que tienen.

Estuve allí casi dos horas, contemplando las montañas de en frente, las banderolas de oración, sintiendo la paz y la magia del lugar. No es que lleve muchos años meditando, pero mi meditación allí fue la mejor que he tenido. Entré en total conexión con mi interior y estuve en calma un buen rato, y cuando abrí los ojos, no me lo podría creer, me había olvidado de dónde estaba.

Día 8: Manang [3550m] - Thorung Phedi [4550m]

Dos días antes, llegué a Manang con una gran tranquilidad. En ningún momento se me pasó por la cabeza que no pudiera cruzar Thorong La, por muy complicado que fuera. Pensaba que si otras personas lo habían logrado, yo también lo haría. Son muchos años de esfuerzos épicos en la bicicleta, lo que te da esa seguridad y capacidad para soportar el sufrimiento.

Sin embargo, durante mi estancia en Manang, poco a poco los otros senderistas comenzaron a inquietarme, sembrando dudas en mi mente. ¿Vas a subir Thorong La con la bicicleta? ¿Cómo?... escuché esa pregunta al menos diez veces. Además, los senderistas no dejaban de hablar del estado del tiempo en la cima: que si estaba muy nevado, que si quizás no era posible pasar... Un nerviosismo generalizado se respiraba por todas partes, y aunque no lo había traído conmigo, fue imposible no contagiarme.

Por otro lado me habían dicho que por aclimatación no subiera hasta Thorung Phedi en un día, que lo hiciera hasta Yak Kharka. El caso es que salí ese día un poco nervioso, sin una estrategia clara y sin saber hasta donde llegaría.

Pero nada más empezar a pedalear me sentí estupendamente y desapareció el nerviosismo y las dudas, me sentí muy fuerte, sin duda los días que llevaba sobre la bicicleta hacían que estuviera más en forma, y el día de descanso, a pesar del frío por las noches en la habitación, me había sentado genial.

Atravesé Manang, que es realmente una localidad bonita, llena de muros de piedras, con varias estupas y puertas con ruedas preciosas.

Comencé a ascender hasta Gunsang, una pequeña localidad situada por encima de Manang. Pensaba que no quedaba ninguna más, pero esta es realmente diminuta y cuenta con muy pocos servicios. Desde allí, se podía disfrutar de unas vistas preciosas de las chimeneas de Manang a lo lejos. Había superado una fuerte pendiente para llegar y había adelantado a todos los senderistas que habían salido ese día, así que ya no los vería más durante el trayecto.

Aquí empezó el sendero, se terminaron las pistas y los caminos anchos. Comencé a alternar entre tramos montado sobre la bicicleta y otros empujándola, por esta zona más tiempo empujando pues la pendiente era muy alta. A pesar de la temperatura, con el esfuerzo no tenía frío, e incluso a veces me quitaba la chaqueta.

El tiempo pasaba mientras continuaba ascendiendo por una vereda estrecha y serpenteante, sin detenerme más que para capturar alguna foto. Tras el sufrimiento de dos días antes sobre la bici, en ese momento me sentía increíblemente bien, lleno de energía. A pesar de las rampas durísimas y de estar ganando altitud rápidamente, mi cuerpo respondía perfectamente. Disfrutaba plenamente del momento presente, con la mente en total equilibrio y el paisaje de montaña como mi único compañero.

Cuando pedaleaba apenas podía apartar la vista del sendero, pues una caída desde la vereda habría sido mortal. Pero, cuando empujaba la bici o me detenía a descansar, no podía evitar quedarme absorto mirando el majestuoso pico Gangapurna a mi izquierda. Con sus casi 8,000 metros, se alzaba tan cerca de mí, imponente bajo el cielo despejado de la mañana.

Al poco, crucé un puente colgante similar a los que había encontrado en toda la ruta. Sin embargo, aquí, a esta altitud extrema, el vértigo al mirar hacia adelante era palpable. A cada paso, el paisaje parecía más desolado pero igualmente fascinante, con el eco del río bajo el puente añadiendo un toque dramático a la escena.

Había ganado 500 metros de altitud en los primeros cinco kilómetros, enfrentándome a una pendiente brutal, con rampas extremas. De repente, el sendero se suavizó considerablemente y pude pedalear durante bastante tiempo. A pesar de ser un terreno técnico y peligroso, con piedras sueltas y precipicios a un lado, era posible avanzar sin tener que bajarme de la bici.

Gracias a esta relativa facilidad, llegué sorprendentemente rápido a Yak Kharka. Eran poco más de las nueve de la mañana y me sentía lleno de energía. Aunque me habían recomendado quedarme aquí para aclimatar, ni lo pensé. El día era espléndido, el sol estaba alto y aún quedaba mucha mañana por delante, así que decidí seguir mi camino.

Después de este tramo, la vereda se tornó empinada de nuevo, lo que me obligó a veces a empujar la bici. Llegó un punto donde el camino se bifurcaba: a la izquierda, descendías un poco, cruzabas un puente y seguías por la ladera; este ha sido siempre el sendero habitual. Sin embargo, debido a que esta ruta atraviesa una zona de caída frecuente de piedras y rocas, se ha trazado una alternativa por la derecha, que parece subir bastante antes de descender hacia Thorung Pedi.

Opté por tomar la ruta habitual, la de la izquierda. Dos australianos que bajaban me comentaron que, aunque caían piedras, eran pequeñas, se podían ver venir y esquivarlas con relativa facilidad.

En los puentes es interesante coger inercia para que la segunda parte del puente no sea muy dura y puedas cruzarlo casi sin esfuerzo.

Desde aquí sólo me quedaban dos kilómetros hasta Thorung Pedi, que serían preciosos. Disfruté mucho porque lo hice casi en su totalidad sobre la bici. Había además pequeñas bajadas, donde tenía que tener mucho cuidado porque la caída en todo momento es muy peligrosa.

Me encontré con Mikela, una italiana afincada en Australia con la que había charlado bastante en Manang, ella me recomendó subir a Praken Gompa y me recomendó también quedarme en Yak Kharka, de donde ella había salido ese día.

Juntos vimos un quebrantahuesos, que pasó no muy lejos de nuestras cabezas.

Pasé por la zona de caída de piedras lo más rápido que pude, sin mayores dificultades. Es cierto que las piedras no dejaban de rodar, pero eran sobre todo pequeñas. El miedo a que se desatara una avalancha mayor estaba presente, pero, por suerte, se trataba solo de un tramo corto.

Cuando lo superé, me detuve para mirar hacia atrás; la vista, como siempre, era inmejorable.

Me quedaba ya muy poco para llegar, y disfrutaba cada momento del camino. Hacía fotos y paradas, pero lo que más me fascinaba era mirar hacia atrás. El imponente pico Gangapurna, que antes parecía vigilarme de cerca, ahora se iba alejando lentamente, perdiéndose entre las nubes y el horizonte. Mientras me alejaba de él, la sensación de grandeza me invadía. Mirar hacia atrás y ver el vasto valle que había recorrido, lleno de senderos serpenteantes, el río que brillaba bajo el sol, y montañas que parecían infinitas, me hacía sentir parte de algo inmenso, algo que superaba mis expectativas. Cada curva de la vereda por la que venía me recordaba los esfuerzos y retos que había superado, y me hacía sentir más fuerte, más capaz. Este paisaje, con su grandeza salvaje, parecía regalarme una perspectiva más amplia sobre lo que realmente es estar en armonía con la naturaleza y el desafío de mis propias capacidades.

En apenas tres horas de esfuerzo continuo, alrededor de las doce del mediodía, alcancé Thorung Pedi a 4500 metros de altitud. Sentía una gran satisfacción, no solo por haber completado dos etapas en una, sino por haberlo hecho antes de la hora de comer. Lo más sorprendente fue no haber experimentado ningún síntoma de mal de altura, a pesar de estar a una altitud que nunca antes había alcanzado. Me sentía más fuerte que nunca, y en cuanto a sensaciones sobre la bicicleta, fue uno de los mejores días de todo el viaje. La temperatura era agradable, sin ser extrema, y el sol brillante hizo que el trayecto fuera una auténtica delicia.

Por un momento consideré la posibilidad de continuar hasta High Base Camp para aligerar la jornada siguiente, pero el riesgo de ascender demasiado en un solo día y empezar a sentir los efectos del mal de altura me hizo desistir. Así que me adentré en Thorung Pedi, un campamento creado específicamente para los senderistas. No es una aldea como las anteriores; simplemente varios alojamientos construidos para que los viajeros descansen antes de continuar la ruta.

Me alojé en el primer campamento que vi y, al llegar, conocí a unos españoles con quienes acabaría haciendo buena amistad. Después de ducharme y comer, el clima cambió radicalmente. Como era habitual, la temperatura comenzó a descender bruscamente, y la tarde se tornó extremadamente fría. De hecho, mientras que la mañana había sido espléndida, la tarde se convertiría en una de las peores. La chimenea no la encendían hasta las siete de la tarde, ya que transportar leña hasta esa altitud es costoso y solo cuentan con una carga diaria.

Así que pasé la mayor parte de la tarde en el comedor del campamento, con toda la ropa que llevaba puesta, tratando de mantenerme caliente. Cuando finalmente encendieron la chimenea, el alivio fue inmenso.

Durante la tarde en Thorung Pedi, el ambiente era relajado y tranquilo. Algunos jugaban cartas, otros tocaban la guitarra, charlaban o simplemente leían, aprovechando el tiempo para descansar y prepararse mentalmente para el gran día que les esperaba. La atmósfera era de calma, pero también de anticipación.

A la hora de la cena, se tenía que decidir tanto el desayuno como la hora de salida para el ascenso al paso de Thorong La. Fue sorprendente escuchar que casi todos planeaban salir entre las cuatro y las cinco de la mañana. Inicialmente, pensaba que salir sobre las seis y media sería suficiente, pero los españoles que conocí en el campamento me aconsejaron salir más temprano. Argumentaban que de ese modo evitaría posibles tormentas en la cima y tendría más margen de maniobra ante cualquier imprevisto. Finalmente, ajusté mi despertador para las cinco y media de la mañana, decidiendo un punto intermedio entre mi plan original y las recomendaciones de mis compañeros.

Esa noche, me preparé para descansar con una cena ligera, una sopa de noodles y una cerveza. Las condiciones de los alojamientos eran bastante austeras: habitaciones pequeñas con paredes de madera delgada y algunos huecos, lo que dejaba entrar el frío de la noche. Aunque fuera hacía probablemente unos veinte grados bajo cero, dentro apenas la temperatura era mejor. Me acosté con toda la ropa que llevaba y cogí cuatro mantas de habitaciones vacías para combatir el frío. Con la ayuda de unas piedras calientes, logré calentarme lo suficiente como para dormirme.

Sin embargo, mi descanso no duró mucho. Pocos minutos después, me desperté de golpe, tomando un fuerte aliento, como si de repente me faltara el oxígeno. Me senté en la cama, tratando de respirar mejor, pero entonces comenzó un intenso dolor de cabeza. Estaba claro que los síntomas del mal de altura estaban apareciendo.

Inmediatamente me reproché no haberme quedado en Yak Kharka para aclimatar mejor, pero sabía que en los próximos días daba peor tiempo y prefería avanzar lo antes posible. Llevaba medicamentos para el mal de altura, así que tomé una pastilla, y poco a poco el dolor de cabeza comenzó a ceder. Sin embargo, cada vez que me quedaba dormido, la sensación de falta de oxígeno me despertaba de nuevo. Además, empecé a orinar cada veinte minutos, lo que me obligaba a salir de la cama en ese frío helador. Cada vez que me levantaba, el proceso de volver a calentarme en la cama era desesperante.

Descubrí que un cubo de agua junto al váter estaba completamente congelado, y no mucho después mis botellas de agua también estaban totalmente congeladas.

La noche se convirtió en una tortura cíclica: dormía un poco, me despertaba sin aliento, tenía que salir al baño y volvía a acostarme para intentar calentarme. A medida que pasaba el tiempo, me angustiaba más, pensando en el enorme reto que me esperaba al día siguiente y cómo lo afrontaría sin haber dormido apenas. La idea de que los síntomas empeoraran mientras ascendía me hizo dudar si seguir o no. Por primera vez en todo el viaje, me sentí derrotado mentalmente.

A las cuatro de la mañana, parecía que estaba un poco mejor y conseguí dormir unos treinta minutos, pero me desperté nuevamente con la necesidad de ir al baño. Decidí que ya era suficiente. No podía soportar más la situación. Me vestí, recogí mis cosas y bajé a desayunar, a las cuatro y media de la mañana, hora y media antes que mis planes.

Día 9: Thorung pedi [4550m] - Thorong la pass [5416m] - Muktinath [3700m]

Cuando llegué al comedor a las cuatro y media de la mañana, me encontré con Pablo, uno de los españoles que había conocido, quien resultó ser farmacéutico. Me preguntó cómo me sentía y le conté mis síntomas. Me tranquilizó al decirme que los síntomas que estaba experimentando eran normales a esa altitud. Me recomendó tomarme un Edemox para ayudar con el mal de altura, pero me advirtió que no lo tomara nunca por la noche, ya que es un diurético. Entonces todo cobró sentido: esa fue la razón por la que había pasado toda la noche levantándome para ir al baño. Además, me di cuenta de que tampoco había escogido bien mi cena: una sopa y una cerveza definitivamente iban a asegurar al menos un par de idas más al baño.

Lo bueno era que el frío no era tan intenso como al acostarme, o quizá sí lo era, pero el viento había parado y la sensación térmica era algo mejor.

Después de tomarme un café y comer algo, comencé a sentirme mucho mejor. Poco a poco, recuperé la positividad habitual que suelo tener con la bicicleta, y con esa energía decidí afrontar con valentía los cinco kilómetros que me separaban del paso senderista de montaña más alto del mundo.

Aún en plena oscuridad y con temperaturas de -15 grados, empecé a empujar mi bicicleta hacia Thorong High Camp. Aunque solo estaba un kilómetro más adelante, la pendiente era brutal, con un desnivel del 30%. Parecía una pared, y sin duda, fue la parte más dura del recorrido. Sin embargo, la belleza del cielo estrellado, tan nítido a esa altitud y sin contaminación lumínica, me regalaba una experiencia única, con millones de estrellas brillando sobre mí. Esa vista me dio una señal de optimismo: el día probablemente amanecería despejado.

El camino era zigzagueante y empujar la bicicleta se convirtió en un esfuerzo titánico. Sentía que mis manos y pies comenzaban a congelarse, a pesar de los guantes. El frío era intenso, pero el esfuerzo físico mitigaba un poco la sensación. En un momento, tiré la bici al suelo e hice flexiones para recuperar algo de calor en mis manos.

Miré hacia arriba ya con algo más de luz y vi a los españoles que había conocido, Pablo, Sergi, Eric y Claudia, llegando a High Base Camp, unos 100 metros por delante de mí. Pero el terreno se hacía más difícil con el hielo y las rocas. Tuve que cargar la bicicleta y avanzar metro a metro, moviéndola primero y luego arrastrándome detrás de ella, sintiendo que pesaba muchísimo más de lo que realmente pesaba.

Finalmente, tras una hora de esfuerzo, llegué a Thorong High Camp. Sabía que me quedaban otros cuatro kilómetros de ascenso, un poco menos duros, pero aún con una media de un 20% de pendiente. Allí aproveché para descansar un momento, calentarme y comer algo. Me sorprendió ver rebecos y unas grandes perdices sobre la nieve, una imagen increíble a 4800 metros de altitud.

Sin embargo, cuando decidí continuar, recibí varias bofetadas: el tiempo empeoró, nubes se apoderaron del cielo y empezó a nevar suavemente. Además, el sendero estaba completamente cubierto de nieve, algo que no había anticipado. Pensaba que solo los últimos dos kilómetros estarían así, pero ahora me enfrentaba a cuatro kilómetros de nieve, empujando la bicicleta.

Fue entonces cuando escuché un grito que rompió el silencio de la montaña: "¡Viva el cazón en adobo! ¡Vamos, Higinio!" Era Eric, dándome ánimos con su humor, lo que me hizo sonreír y recobrar el entusiasmo. A pesar del frío y las dificultades, me di cuenta de que no tenía síntomas de mal de altura y que, a pesar de todo, estaba disfrutando del momento y la belleza del entorno.

Al pasar por una vereda estrecha, cubierta de nieve y con una caída importante a la derecha, me resbalé varias veces. Gracias a la bicicleta, logré mantener el equilibrio y no caerme. Decidí ponerme los crampones que había comprado en Katmandú por recomendación de mi primo Carlos, y menos mal que lo hice, ya que sin ellos habría sido casi imposible continuar. Con los crampones, los zapatos se agarraban bien a la nieve, lo que me dio más seguridad para seguir adelante.

Justo fuí a tomar una foto, que desde que había salido por no quitarme el guante, no había podido hacer ninguna, y quién venía tras de mí por esa zona complicada resbaló y sentí que se caía por el terraplén, pero guardó el equilibrio poniendo la mano en el suelo justo a tiempo. Les recomendé a ellos también ponerse los crampones.

Avanzaba muy lentamente, y pronto el grupo que venía detrás de mí me adelantó. Mientras caminaba por la vereda que, aunque cubierta de nieve, estaba bien pisada, la bicicleta la arrastraba por nieve virgen, lo que hacía que la cubierta estuviera siempre completamente enterrada en nieve. Cuando la nieve era más blanda o profunda, la rueda se hundía hasta la mitad, lo que me obligaba a usar mucha fuerza para sacarla y seguir avanzando. Este esfuerzo constante, sumado a la falta de oxígeno a esa altitud, hacía que incluso avanzar veinte metros pareciera una tarea complicada.

Aunque llevaba una hora sin parar de nevar, era un tipo de nevada suave, como un chirimiri. A pesar de eso, las nubes comenzaron a disiparse, y el sol, ya más alto en el cielo, empezó a dominar la escena, dándome una agradable sensación de calor. Además, no había viento, lo que me permitió disfrutar aún más del espectacular paisaje que me rodeaba. Era una vista indescriptible, y en ese momento, todo el esfuerzo parecía valer la pena.

Lo más curioso era que, a pesar del esfuerzo, mis pulsaciones seguían siendo sorprendentemente bajas. Creo que la falta de oxígeno a esa altitud no me permitía moverme más rápido, lo que influía en que mi corazón no necesitara bombear tanto como esperaba. Aunque es posible que la altitud también afectara de alguna forma mis constantes vitales. Sin embargo, me sentía bien, sin signos de malestar. Ya había cubierto 2,5 kilómetros, lo que significaba que solo me quedaba la mitad para llegar al destino. Hacía mucho que había dejado de sentir frío y, por fin, había alcanzado los impresionantes 5000 metros de altitud.

A cada paso, esa sensación de superación me impulsaba a seguir, disfrutando del hecho de estar en uno de los puntos más increíbles del mundo, enfrentándome no solo a la montaña, sino también a las dificultades de la altura, y en bicicleta.

La subida continuaba alternando entre tramos menos inclinados y otros extremadamente empinados, donde cada avance se hacía una lucha constante.

En las zonas más duras, empujar la bicicleta cinco metros requería un esfuerzo enorme, y al llegar a ese punto, necesitaba descansar apoyado en el manillar durante un minuto antes de poder continuar otros cinco metros más. Estas rampas de doscientos metros se volvían interminables, cada paso un reto contra el agotamiento y la falta de oxígeno, pero la determinación de alcanzar la cima era más fuerte que el cansancio.

Llegué a una casa de Té, por encima de los cinco mil metros. Increíble que allí hubiese un hombre y vendiera de todo. Me compré una coca cola, y me comí un bocadillo de pan que me traje del desayuno. Me pude sentar en una roca a la que creo que el hombre le había quitado la nieve, y descansé un rato. Empezaba a estar más cansado, pero no tenía ninguna duda de que llegaría.

Sin embargo, aunque nunca pensé en volverme a partir de aquí se hizo más duro, no sé si por lo acumulado, o porque me afectaba más la altitud o una mezcla de ambas. Pero desde que dejé atrás la casa de té, quedándome dos kilómetros de nieve hasta la cima, empecé a flaquear.

Alcancé los 5250 metros con mucho esfuerzo quedándome sólo un kilómetro para el puerto. Era sólo un kilómetro, pero no podía más. La respiración a cada paso era muy fuerte, mirar para arriba y no ver el final era desesperante, pasaba más tiempo sobre el manillar respirando como podía que avanzando. Hacía rato que ya me habían adelantado todos los senderistas, era el último, eso me hacía sentir en peligro, aunque era buena hora, realmente no iba mal, pero mis fuerzas estaban al límite.

Llegó un momento que me fallaron las fuerzas y la bici se cayó hacia un lado y yo hacia el otro, no podía!. Empecé a pensar en mi padre, en que él no se hubiera rendido, pensé que tenía que llegar por él, por Mariano y por Antonio, llevaba la camiseta de su club de ciclismo. Empecé a pensar que quizás a ellos les costó mucho llegar al mulhacen con las bicicletas, y empecé a llorar.

Empecé a llorar desconsoladamente, no sé si por la falta de energía, o de oxígeno. Pensé que quizás iba a ser la persona de Medina que más alto hubiese llegado nunca, y con la bicicleta, pensaba en lo orgulloso que estaría mi padre de mí, pero no podía dejar de llorar, ni podía levantarme. Empecé a tener frío de la nieve y sabía que tenía que levantarme, pero no podía.

De repente dejé de llorar, justo al lado de mi cara había una huella como la de mi gata, pero gigante. Pensé que sería de un leopardo de las nieves, me llené de ilusión. Sentí lo increíble que era que estaba allí, en lo alto de los himalayas viendo una huella de un leopardo de las nieves, a punto de cumplir mis sueños. Poco a poco me recompuse y me levanté. Comí, me metí un poco de nieve en la boca que fui deshaciendo para hidratarme,las botellas estaban congeladas. La aventura continuaba.

Fui avanzando como pude, tomándome muchos descansos, haciendo alguna foto, sabía que me quedaba muy poco y tras mi bajón emocional tenía claro de nuevo que lo conseguiría. Las fuerzas y las emociones me bailaban continuamente. Era una montaña rusa de emociones.

Recuerdo que me quedaban sólo cincuenta metros de altitud y me entraban ganas de correr, pero era imposible, seguí igual o más lento a pesar de las ganas de llegar.

Y por fin ... llegué

Thorang La

Aunque en la foto salía bien y parecía recompuesto, la realidad fue que, al llegar, caí de rodillas a los pies del cartel y volví a llorar, esta vez de alegría. Los españoles, al verme llegar, se preguntaban: “¿Dónde se ha metido?” porque la nieve me había ocultado. Se acercaron rápidamente para ayudarme a levantarme.

Me dieron muchísimos ánimos, y en ese momento me sentí querido y cuidado. Habían estado esperando mi llegada, conscientes del enorme esfuerzo que todos habían realizado. Ellos sabían que yo había tenido que hacer el doble de esfuerzo al empujar la bicicleta, y no querían marcharse sin ver que llegara sano y salvo.

Saqué el maillot que llevava y lo puse ahí. Era un merecido homenaje para tres personas que se fueron antes de tiempo, unos soñadores como yo y además, en un bonito día, el día del padre. Evidentemente mi padre es mi padre, y fue en la persona en la que más pensé durante todo el viaje. Pero eso no dista demasiado de mi vida cotidiana.

Empezó a nublarse y a saltar viento, no quería tardar en irme, pero estaba totalmente destrozado físicamente y necesitaba descansar, comer y beber sobre todo algo. Aunque parezca increíble, aquí, a 5416 metros de altitud, había otra casa de té, con otro hombre que te vende lo que quieras, y que ha subido todo lo que vende desde yo venía, y que duerme ahí, con temperaturas nocturnas de casi menos treinta grados, durante meses.

El hombre me cobró dos euros por un té negro con azúcar. Me podría haber cobrado veinte si hubiera querido, lo hubiese visto barato si ha tenido que sufrir la mitad que yo en subir el té hasta allí. Allí, a buena temperatura, descansé una media hora, antes de afrontar la bajada.

Yo había visto vídeos de algún ciclista bajando toda la vereda por la otra cara montado ... yo no tendría esa suerte, y tuve que bajar ocho kilómetros casi al completo por nieve. De toda formas, no me costó demasiado, evidentemente para abajo no tiene nada que ver, apenas tenía que realizar esfuerzo, más que aguantar un poco mi peso con los cuadriceps.

Aunque eché algunas horas estaba feliz, lo peor había pasado, y bajé disfrutando de lo que había conseguido. Pude montar los últimos kilómetros por pista hasta Muktinath a 3700m. Aquí había mucha gente, es una ciudad sagrada tanto para hinduístas como budistas, y esta cara del circuito es muy diferente, hasta aquí llegaba una carretera y buses, por lo que es fácil llegar.

Estuve toda la tarde viene por la ventana a sadhus hindús pasar por la calle, y a gente llevando en procesión a otra gente sobre mulas o pequeños pasos hecho de palos de madera, muy curioso, muy distinto a lo que solemos ver.

Fuí tonto y no quise pagar veinte euros por una habitación con calefacción, de lo cuál me arrepentí. Llevaba tres días pasando mucho frío y me hubiera venido bien, ya que aquí pasé mucho frío por la tarde, hasta que la mujer que llevaba el sitio donde me quedé, encendió la chimenea.

Me encontré algunos senderistas chinos que había conocido días antes y nos dábamos la enhorabuena mutuamente, todo el mundo me felicitaba por haber pasado el paso con la bicicleta.

Ya con la chimenea y una cervecita conocí a un joven nepalí con el que estuve charlando más de una hora, hablamos y reflexionamos mucho sobre la corrupción de los políticos de Nepal y me contó a grandes rasgos su vida y la situación de Nepal. Me encantaban estos encuentros. Me acosté feliz, tremendamente feliz, por lo que había logrado, pero quizás, algunos años más viejo.

Día 10: Muktinath - Tatopani

A pesar del frío que hacía en la habitación, logré dormir bien porque pedí mantas extras. Tras la paliza del día anterior, no me enteré prácticamente de nada durante la noche, salvo por la mañana, cuando me despertaron unos sonidos extraños. Eran las ratas que corrían por encima de la tela que cubría el techo, probablemente para ocultar un tejado más deteriorado. Lo curioso era seguir con la vista cómo la tela se iba hundiendo al paso de las ratas, como si fueran pequeñas ondas moviéndose por la superficie.

Así me levanté, animado y contento, sabiendo que me esperaba un día en el que, por fin, casi todo sería cuesta abajo. La jornada prometía ser más relajada. No quise desayunar ya que comenzaba todo cuesta abajo y aún no necesitaba energía, así que preparé la bicicleta y salí. Muktinath estaba abarrotado de gente a pesar de lo temprano que era. Es curioso cómo un pueblo tan pequeño puede concentrar a tantas personas. A los peregrinos budistas e hinduistas y la población local, se suman numerosos turistas, ya sea aquellos que están completando el Circuito del Annapurna o los que han venido para hacer senderismo, usando Muktinath como punto de partida. Se nota que aquí llegan los autobuses, y no muy lejos se encuentra un aeropuerto, lo que facilita la llegada, a pesar de tratarse de un valle tan remoto y de difícil acceso.

Al salir de Muktinath, me encontré con los españoles subiendo al autobús. Bromeé diciéndoles que me estaban persiguiendo, ya que la tarde anterior, al salir a pasear, también me los había encontrado. Les pregunté hasta dónde iban en el bus, y me dijeron que hasta Tatopani, que, curiosamente, también era mi destino ese día. Quedamos en que nos escribiríamos por WhatsApp para ver si podíamos tomarnos una cerveza pendiente que teníamos, ya que la tarde antes cuando los encontré me invitaron a tomar una cerveza, pero hacía mucho frío y estaba cansado, así que me disculpé, y no fuí.

El día comenzó con una bajada de doce kilómetros por una carretera recién asfaltada, rápida y con grandes rectas. En poco tiempo descendí casi mil metros, disfrutando de una velocidad vertiginosa, "el frío en este viaje se acabó por fin" pensé, ya que estaba a 2800 metros, hacía buena temparuta y ya nunca estaría tan alto. Durante toda la bajada, las vistas de las montañas secas y enormes frente a mí eran impresionantes, un paisaje que no dejaba de asombrarme a cada kilómetro que avanzaba.

Me desvié un poco de la carretera para adentrarme en la localidad de Kagbeni, siguiendo la recomendación del checo que conocí días atrás, aunque parecía que lo había conocido hace mucho más tiempo. Cuando viajas y vives cada momento con tanta intensidad, el tiempo parece dilatarse, y los días, e incluso la vida, se sienten más largos. Kagbeni me encantó desde el primer momento; su atmósfera me recordó a los kasbahs del desierto de Marruecos. Las casas y las murallas estaban construidas de un barro de manera similar, o de piedras, y su ubicación, junto al río, le daba un encanto especial.

Estando allí buscando un sitio para desayunar escuché mi nombre ... era Eric desde el bus, que estaba haciendo parada allí. Volví a bromear con que me perseguían. Ellos iban en bus y y en bici, pero tardaríamos practicamente lo mismo.

En Kagbeni, la carretera asfaltada y en buen estado se terminó para siempre. A partir de ahí, continué por una pista de tierra, en su mayoría en descenso, aunque con algunas subidas cortas hasta llegar a Jomson, que es una ciudad más grande, equipada con un aeropuerto, bancos y todos los servicios básicos. Aproveché para sellar mi permiso del Annapurna, sacar algo de dinero y disfrutar de un café y unas madalenas en un local moderno con música en vivo.

Después de recorrer unos cuantos kilómetros más, llegué al que, sin duda, es el pueblo más bonito que vi en todo Nepal: Marpha. Qué maravilla de lugar, con sus casas de piedra tradicionales y sus calles empedradas, las banderas budistas ondeando al viento, y las puertas artesanales que decoraban cada rincón. El ambiente era diferente al de los otros pueblos por los que había pasado; aquí todo parecía más cuidado, más armonioso, casi como si el tiempo hubiera respetado la esencia de lo antiguo.

En pleno centro de Marpha, dominando una pequeña colina, se erige un monasterio budista tibetano. Amarré mi bicicleta a la entrada, y con cierta emoción subí los escalones que llevaban hasta el recinto. Al llegar, uno de los monjes, con su característica túnica de color azafrán, me saludó con una leve inclinación de cabeza, y con una sonrisa amable me dio permiso para entrar. Al cruzar el umbral del monasterio, me recibió el sonido suave de los cánticos budistas, acompañado por el golpeteo rítmico de un tambor ceremonial.

Dentro, el ambiente era mágico, impregnado de incienso y de una serenidad que parecía envolverlo todo. Me acerqué a unos niños que reían y charlaban, cuando llegué a su altura cambiaron su rosto, me miraban como si fuese un extraterrestre, entiendo que aquí entra poca gente vestida de ciclista. Hablé con el mayor de ellos, ya adolescente, que hablaba inglés, y me explicó que muchos de estos pequeños son enviados por sus padres desde muy jóvenes para que estudien y vivan en el monasterio, siguiendo la tradición budista tibetana. A pesar de su corta edad, se les veía tranquilos, como si el ritmo pausado del lugar ya formara parte de ellos.

Pasé un rato ahí, compartiendo historias y sintiendo la paz que transmitía ese lugar. Era un oasis de calma en medio de la inmensidad y el desafío de las montañas que nos rodeaban. Cuando salí del monasterio, me sentí renovado, con una energía tranquila que contrastaba con el esfuerzo físico que había acumulado en los últimos días. Tomé mi bici y seguí.

El día transcurrió sin mayores contratiempos, alternando largos descensos que se intercalaban con alguna que otra subida inesperada. Hice una parada técnica para comer el tradicional Dhal Bat, el plato típico nepalí.

Desde Kagbeni, tuve aproximadamente cuarenta kilómetros de un descenso suave, con una pendiente de entre el 2 y 3%. Nada que ver con el valle escarpado que había dejado atrás durante la subida. Este nuevo valle era mucho más abierto y árido, con un paisaje que parecía extenderse sin fin. A pesar de que se trataba de una bajada, el viento en contra me obligó a pedalear durante todo el trayecto, lo que hizo que el avance fuera más lento de lo que había imaginado. Aunque no era una ruta especialmente dura, tampoco fue el descenso relajado que esperaba. Aun así, lo tomé con calma, disfrutando del paisaje y sin ninguna prisa por llegar a mi destino.

A falta de veinte kilómetros para llegar a Tatopani, el valle comenzó a estrecharse, transformándose nuevamente en un cañón similar al que había subido por la vertiente opuesta días antes. El paisaje se volvió más abrupto, y el descenso, que hasta entonces había sido gradual, se hizo mucho más pronunciado y rápido. Sentí cómo la velocidad aumentaba mientras descendía por la pendiente, disfrutando del viento fresco y las paredes escarpadas que me rodeaban.

Tras esa rápida bajada, finalmente llegué a Tatopani, cuyo nombre en nepalí significa "aguas calientes". Aquí la termperatura era nuevamente tropical, perfecta para quitarme el frío que aún traía en el cuerpo de los cinco días anteriores. Este pequeño pueblo, o más bien ciudad-balneario, es conocido por sus aguas termales, donde los viajeros y peregrinos hacen una parada para relajarse después de los exigentes caminos del Annapurna. Tatopani está enclavado en un valle profundo, rodeado de montañas impresionantes, lo que lo convierte en un lugar ideal para descansar el cuerpo y disfrutar de un baño relajante en sus famosas fuentes termales.

Negocié con el dueño de un hotel para no pagar la habitación si cenaba y desayunaba allí, algo que ya había hecho en otras ocasiones durante el viaje. Aproveché para descansar un buen rato después de un día largo. Por la noche quedé con los españoles, aunque para ser más preciso, diría catalanes, ya que los cuatro son de Cataluña. Pasamos una noche fantástica, con cervezas, risas, y muchas anécdotas, tanto que se nos fué la hora y terminamos cenando en un pequeñísimo bar local, con solo dos mesas, regentado por un matrimonio nepalí. Fue una velada memorable, probablemente el mejor momento social de todo el viaje.

Conocer otras culturas y aprender nuevos idiomas es fascinante, pero el cariño y la calidez que se sienten al compartir momentos con personas que hablan tu mismo idioma, que entienden tus bromas y se ríen contigo, tiene algo especial que no se puede reemplazar.

Luego, al volver al hotel tuve que cenar de nuevo, es lo que había pactado con el dueño, pero con lo que me gusta comer y después del viaje de desgaste calórico que llevaba, eso no terminaría siendo ningún problema.

Día 11: Tatopani - Birethanti

En Tatopani, el Circuito del Annapurna se desvía de la carretera que había seguido durante todo el día anterior y comienza una nueva subida hacia Ghodepani, un lugar situado nuevamente en altitud. Este área es conocida por su abundante vegetación y, sobre todo, por las impresionantes vistas de los Annapurnas. Ghodepani es un destino muy popular entre los excursionistas. Desde Pokhara, muchísimas personas llegan aquí tanto para rutas de un día como para trayectos más largos, como el que lleva hasta el campo base del Annapurna. La combinación de rutas bien trazadas, paisajes verdes y las majestuosas montañas lo convierten en un paraíso para los amantes del senderismo.

Había comprobado por internet que los pocos ciclistas que han completado el Circuito del Annapurna seguían por la carretera hasta Pokhara. De hecho, algunas recomendaciones incluso sugieren tomar un autobús desde este punto, ya que el tramo final no resulta tan interesante para el cicloturismo debido al incremento del tráfico, así que mi idea inicial era seguir la carretera.

Pero me habían dicho durante mi viaje por Nepal varias veces que era posible llegar hasta Ghodepani en bicicleta, que subía una pista para todoterrenos hasta allí, que así llevaban todas las cosas hasta arriba, a dónde hay muchos alojamientos y restaurantes para senderistas, así que decidí cambiar mis planes y atravesar por aquí, lo que me permitiría tomar menos carretera, y seguramente disfrutar más, e incluso hacer menos kilómetros.

Así que me desperté, y sabiendo que tocaba nuevamente subir, desayuné con calma. Atravesé Tatopani, y como no podía ser de otra manera, me volví a encontrar con Pablo, Clau, Sergi y Eric. “Esta vez nos has encontrado tú”, bromeó Sergi. Estaban desayunando en el mismo lugar donde habíamos cenado la noche anterior. Ellos iban hacia el Campo Base del Annapurna y también les esperaba una jornada dura, aunque tomarían un camino diferente al mío, por lo que ya no nos volveríamos a ver en esta aventura. Aun así, estoy seguro de que nos cruzaremos de nuevo; seguimos en contacto.

Me aguardaban 24 kilómetros de subida, pero después de lo que había pasado en días anteriores, no me asustaban. De hecho, pensé que sería como un puerto largo de España de los que subo en carretera, pero pronto me di cuenta de que no había comparación posible. La subida era tremenda, con unos porcentajes brutales y rampas que parecían insalvables. Estoy convencido de que, de no haber tenido un día tan tranquilo la jornada anterior, habría tenido que poner pie a tierra en más de una ocasión. Diez de los veinticuatro kilómetros tienen pendientes medias por encima del 10% y algunos con el 14% 15% y muchísimas rampas que pasan del 20%, una locura total.

La parte positiva de esa subida infernal fue que sentí que volvía a los primeros días en Nepal, pasando por aldeas rurales y rodeado de un entorno auténtico, casi sin turistas. Bueno, algunos había, pero muchos menos que en las zonas más concurridas. Iba avanzando por pueblos llenos de niños que caminaban hacia la escuela. Muchos de ellos andan varios kilómetros sin la compañía de ningún adulto.

En mi primera parada para tomar algo, se acercaron casi veinte niños y me rodearon mientras comía. Se reían, bromeaban, y algunos intentaban decirme alguna palabra en inglés. Era evidente que de vez en cuando veían pasar a algún extranjero, ya que me pedían dinero o comida. A pesar de eso, la interacción fue muy genuina y divertida, una pausa amena en medio de la dureza de la jornada.

Esta escena se repitió varias veces, pues tuve que hacer tres paradas durante la subida, la última para comer, y es que yo creía que tardaría dos horas y media o tres en llegar arriba y tardé cinco horas y media. Las duras pendientes con el peso de ir cargado me hacían ir a cinco o seis kiómetros por hora la mayor parte del tiempo. Había rododendros en flor y postales maravillosas durante toda la subida.

También animales religiosos, como este perro hinduísta.

Tras otro esfuerzo épico, finalmente llegué a Ghodepani a las dos y media. Su nombre, que significa "aguas frías", está curiosamente relacionado con Tatopani, que significa "aguas calientes".

Como de costumbre, la mañana soleada y calurosa se transformó en una tarde fría y gris, y justo en ese momento me di cuenta de que el frío no había terminado para mí. Aún así, creí que al menos la parte más dura del camino ya había quedado atrás, ya que desde aquí todo sería cuesta abajo... Pero, como en otras ocasiones, estaba equivocado. Lo cuento más adelante.

El contraste climático de las montañas en esta parte de Nepal es tan cambiante que nunca puedes confiarte; incluso en los descensos, las condiciones pueden sorprenderte. Lo peor del día nublado y amenazante de lluvia es que no se veía nada, así que no pude ver una de las postales más bellas de Nepal, que en teoría son las vistas de los Annapurnas desde aquí.

Y aquí vino la segunda sorpresa. Vale, la subida fue realmente dura, pero si te ahorras la aburrida carretera y tienes la suerte de disfrutar de las vistas desde Ghodepani, podría haber valido la pena. Sin embargo, la bajada resultó ser un verdadero desafío: seis kilómetros de sendero intercalados con escaleras hasta la pista que se inició en Banthanti. En otras palabras, desde Banthanti hasta Ghodepani solo hay un sendero lleno de escalones, y solo se puede recorrer a pie o empujando la bicicleta.

Esta sección del trayecto no solo requería esfuerzo físico, sino también una buena dosis de paciencia. La belleza del paisaje, totalmente selvático, no puede desmerecer el esfuerzo, pero el hecho de tener que descender con cuidado e incluso a veces subir y sin poder montar la bicicleta hacía que la experiencia fuera mucho más exigente, sobre todo porque no me lo esperaba.

Por aquí había muchos senderistas, y nuevamente me llamaron como en Thorong La Pass loco al menos diez veces. Al menos quince o veinte senderistas me pidieron hacerme fotos, sobre todo chinos, y todos absolutamente todos me decían o preguntaban algo. Entiendo que es muy extraño ver a un ciclista cargando con su bici por unos escalones infinitos, además, ellos venían para arriba y sabía lo que me quedaba.

Así que yo recomedaría definitivamente tomar un bus en Tatopani o en Beni que está un poco más abajo hacia Pokhara, o subir a Ghodepani si el tiempo es bueno o se quiere disfrutar de estas montañas increíbles, pero sabiendo que la bajada no es ciclable durante los primeros seis kilómetros.

Cuando finalmente llegué a la pista, sentí un gran alivio. Sin embargo, el frío se hacía notar; incluso había empezado a chispear un poco. Tenía muchas ganas de llegar a mi alojamiento, pero me negaba rotundamente a pasar nuevamente frío por la tarde y la noche, como había hecho en los días previos a mi llegada a Tatopani, cuando apenas podía ducharme con agua caliente. Así que, cansado y con frío, y dado que ya eran más de las 17h tras siete horas en movimiento, decidí bajar al menos unos kilómetros más, con la esperanza de encontrar temperaturas más agradables.

La sensación de querer llegar a un lugar cálido y acogedor era abrumadora, y la idea de enfrentarme nuevamente a la incomodidad del frío me motivó a seguir adelante. A medida que descendía, el paisaje se transformaba, y con cada kilómetro que avanzaba, mis esperanzas de encontrar un refugio adecuado se renovaban. La experiencia de pedalear en condiciones adversas solo aumentaba mi deseo de disfrutar de una buena ducha caliente y un ambiente cálido donde pudiera relajarme y recuperarme del día.

La bajada se hizo eterna. Finalmente, descendí durante más de quince kilómetros hasta llegar a Birethanti, a mil metros de altitud, donde el clima se tornaba subtropical y enganchando ya con la carretera conducía hacia Pokhara. Mi idea inicial de hecho, era llegar a Pokhara, pero tras la extenuante subida y la inesperada bajada, hacer 45 kilómetros resultó ser un verdadero logro. Los 85 kilómetros que me habrían llevado a mi destino original se convirtieron en una meta imposible de alcanzar.

Aquí disfruté de una ducha templada, pero de un clima cálido y de una cena estupenda.

Día 12: Birethanti - Pokhara

Me levanté descansado, desayuné y, cerca de las nueve, más tarde de lo habitual, me monté en mi bicicleta. En este día no tenía prisa, pues se presentaba corto y fácil, y esta vez no hubo sorpresas. Me sorprendió Birethanti, con un precioso centro de ciudad que estaba lleno de vida. Aquí, mucha gente comienza el circuito o su excursión a Ghodepani, lo que le da un ambiente animado y acogedor.

Poco tuvo este día de interesante. Subí nada más comenzar, como no, quince kilómetros al cinco por ciento, lo que no me costó demasiado al no ser una pendiente dura. Luego, bajé cómoda y largamente treinta y dos kilómetros hasta Pokhara. Por primera vez, el asfalto dominó el trayecto, y me encontré con un tráfico intenso, lo que hizo que esta jornada fuera más una necesidad para llegar a mi destino que una aventura en sí.

Dicen que Pokhara es una de las ciudades más bellas de Asia. Sinceramente, es difícil encontrar ciudades bonitas en Asia, donde todo es caótico, los edificios, los cables de la luz, el tráfico ... y Pokhara realmente no es una excepción, más allá de algunos templos. Lo que sí que hace preciosa a Pokhara, y por lo que supongo dicen que lo es, es su lago y las montañas del Annapurna detrás. Yo disfrutaría mucho del lago, pero no de las vistas de las montañas pues estuve dos días donde las nubes no desaparecieron.

Y en Pokhara terminó mi viaje en bicicleta, el viaje más increíble de cuántos he hecho, y también el más duro, por supuesto. Nunca olvidaré los paisajes, la cultura y la gente. Como decía al principio, para mí Nepal lo tiene todo para un viaje cicloturista maravilloso.

El colofón a mi viaje llegó al día siguiente en Katmandú, con la colorida y animada Fiesta de la Primavera, conocida como Happy Holi.

Y no podía faltar un brindis con cerveza, y con quién mejor que con mi amigo Namaraj, contándole sobre toda mi aventura, riéndonos juntos y planificando volver a vernos en el futuro. Sin duda, recomiendo sus servicios; es un guía joven pero con mucha experiencia y sobre todo una persona inteligente y maravillosa.

placesnepal.com

TIPS

Cuándo ir
El circuito del Annapurna presenta un clima variado que se debe considerar. La mejor época para visitar es de octubre a noviembre y de marzo a abril, cuando las condiciones son más favorables para el senderismo, con cielos despejados y temperaturas moderadas. Durante el invierno (diciembre a febrero), las nevadas pueden dificultar el acceso a algunas áreas, y de junio a septiembre, la temporada de monzones trae lluvias intensas, lo que puede hacer que los senderos sean resbaladizos y peligrosos y haya carreteras cortadas por desprendimientos. Fuera de esos cuatro meses de temporada alta, seguramente haya muchas casas de té o de huéspedes cerradas.

Yo fuí en marzo, y tuve mala suerte, no suele haber tanta nieve, pero quizás para asegurar Abril u Octubre son mejores meses, esto permitiría alcanzar la cima con mucha mayor facilidad, empujando la bici por un sendero de tierra bien pisado, en vez de por nieve blanda. Además permitiría realizar casi todo el descenso en bicicleta y sobre todo no pasar malos momentos en los alojamientos por el frío. Una semana después de pasar, miré las temperaturas y habían subido diez grados allí arriba, hubiese sido completamente diferente estar a cero grados que a diez o quince grados menos.

Cómo llegar
El acceso al circuito del Annapurna se realiza principalmente a través de Pokhara, donde puedes volar desde Katmandú. Las aerolíneas nacionales como Buddha Air y Yeti Airlines ofrecen vuelos regulares. Alternativamente, puedes optar por un viaje en autobús desde Katmandú a Pokhara, que dura alrededor de 6-8 horas, aunque a mí me tardó 11. Yo recomiendo como digo en la descripción al menos empezar o terminar en Katmandú, para evitar largos transportes, para ahorrar costos y sobre todo para vivir la auténtica Nepal, sin turistas, durante unos días.

Presupuesto
Nepal es el país más barato en el que he estado. Comía por 1-2€, dormía por 5€ o gratis cenando y desayunando en el alojamiento y un bus de ocho horas te puede costar 10€. En Nepal tan sólo es cara la cerveza. Suele costar tres o cuatro euros una botella de 660ml. En las zonas altas del circuito los precios suben un poco, como es natural.

Agua
El acceso al agua es bastante fácil en el circuito del Annapurna, ya que hay fuentes naturales en el camino. Sin embargo, es recomendable llevar pastillas purificadoras o un filtro de agua para asegurarte de que sea segura para beber. En las aldeas también puedes comprar agua embotellada.

Supermercados
A lo largo del circuito, encontrarás pequeñas tiendas y mercados en las aldeas que ofrecen comida básica y suministros. Es aconsejable llevar alimentos y snacks adicionales, especialmente para las secciones más remotas del circuito.

Restaurantes
En las aldeas principales a lo largo del circuito, hay muchos restaurantes que sirven comida local. Los precios son accesibles, y puedes esperar pagar entre 2 y 5 € por una comida. La variedad de platos típicos nepaleses, como el dal bhat, es muy recomendable.

Tráfico y carreteras
Nepal es un país muy poco desarrollado. Fuera de Katmandú, las primeras carreteras de asfalto están construídas en los últimos años. La inmensa mayoría del tiempo estuve por pistas y parte por senderos. Apenas tuve unos tramos de asfalto. Ellos a la carretera que sube hasta Manang le llama Highway, pero realmente es una pista rota, llena de piedras, sólo aptas para 4x4 y con constantes obras y derrumbamientos. Si que es cierto que cada año asfaltan algún tramo más, los más complicados, así que supongo que en unos años será mucho más cómodo llegar hasta Manang.

Yo estuve horas y horas sin tráfico algunos días, sobre todo los primeros. En el circuito es frecuente que pase algún Jeep cada rato, lo que podrían ser constantes en octubre, noviembre y abril, meses con más turismo que marzo.

Camping
No habría problema por acampar en Nepal, creo que es fácil y seguro, pero siendo tan baratos los alojamientos y el clima tan extremo en el circuito, no le vería mucho sentido. Quizás sí por las zonas bajas y la zona del Terai.

Alojamientos
Los alojamientos son bastante económicos, y puedes encontrar opciones que van desde simples teahouses hasta lodges más cómodos. Los precios suelen oscilar entre 0 y 15 € por noche, dependiendo del lugar y la temporada. Yo no pagué nada por la habitación en al menos seis alojamientos. Eso sí, cenaba y/o desayunaba allí, y esa era la ganancia de ellos. Esto entiendo que cambia en temporada alta. Marzo se considera temporada media, conforme el mes avanza, va llegando más gente.

Aviso
El circuito del Annapurna presenta innumerables peligros: Mal de altura, desprendimientos, caídas, clima extremo, por lo que es superimportante informarse bien, tener sentido común, y si hay dudas contar con los servicios de alguna empresa. Los precios son muy económicos y de esa manera se ayuda a la buena gente de este país en desarrollo. Yo recomiendo placesnepal.com, pero hay muchas alternativas, pero de las que no conozco, no puedo dar recomendaciones.

Info extra sobre el circuito del Annapurna

PAISAJES

En el Circuito del Annapurna en Nepal, el paisaje varía dramáticamente conforme avanzas en altitud, proporcionando una experiencia única en cada sección.

Entre los 800 y 2,000 metros, el recorrido pasa por selvas subtropicales, con vegetación densa y campos de arroz en terrazas. A medida que subes, el clima se vuelve más fresco, y en la zona de 2,000 a 3,000 metros predominan los bosques templados, con robles, pinos y rododendros. A partir de los 3,000 hasta los 4,000 metros, el paisaje se vuelve alpino, con menos vegetación y más arbustos y matorrales bajos, mientras el clima se torna más frío y seco. En la región más alta, desde los 4,000 hasta los 5,416 metros del paso Thorong La, el terreno se vuelve árido y rocoso, con casi nula vegetación, similar a un desierto de alta montaña. Al descender hacia Muktinath y el valle de Kali Gandaki, la vegetación regresa ligeramente, con pastizales y algunos árboles dispersos.

OROGRAFÍA

El Circuito del Annapurna se caracteriza por una orografía diversa, que varía desde los profundos cañones hasta las altas montañas. El recorrido comienza atravesando el estrecho cañón del río Marsyangdi, cuyas paredes escarpadas definen una parte significativa del recorrido. A medida que se avanza hacia el valle de Manang, el terreno se vuelve más amplio y accesible, con un paisaje de valles glaciales rodeados por picos imponentes como el Annapurna II y Gangapurna. Esta área es crucial para la aclimatación a la altitud, ya que el terreno favorece el descanso antes de afrontar las alturas más extremas.

En las zonas más altas, cerca del paso de Thorong La (5,416 m), la orografía cambia abruptamente, pasando a un paisaje desértico y rocoso, con casi nula vegetación y un clima severo. Finalmente, al descender hacia el valle de Kali Gandaki, la orografía se suaviza ligeramente, ofreciendo un respiro en las laderas más cálidas cercanas a Muktinath.

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